En 1963 un niño lanzó una pelota a través de una ventana, rompió un vidrio y le pegó a un hombre en la cabeza. Hasta ese momento, la víctima del golpe había permanecido en la demencia, pero ahora estaba curado. El pelotazo como milagro: una alineación planetaria asombrosa que le devolvió la razón.
Esa pelota es Rayuela, de Julio Cortázar, un juguete sanador que pasa de mano en mano como panfleto libertario. A algunos les parece demasiado cliché de estudiante sentarse a hablar de esta obra, pero otros se sinceran y se suman al juego: uno lanza la piedra y el otro recorre los espacios cojeando sin llegar al cielo porque cada quien tiene una manera de ganar y rechaza la del otro. Así se habla sobre este libro, con hipótesis, con risa, con deleite, autoproclamación y timidez. Yo creo que… Tal vez quería… ¿Cómo se puede juntar tanta belleza? Estoy completamente seguro de que… No sé, me confunde.
Fue con Julio Cortázar que en Latinoamérica se aprendió a ver el mito de París como laberinto romántico de sexos dispersos y botellas de fermento. Gracias a Rayuela, mucha gente se fue a la Ciudad Luz, a perderse por sus calles a ver si se encontraba una maga, a desarrollar el viejo juego de meterse las manos en los bolsillos y caminar con frío a ver si ocurría algo y sin esperar nada.





