jueves, 10 de diciembre de 2015

Julio Cortázar y el libro que escribió porque no pudo escupirlo, bailarlo ni declamarlo

En 1963 un niño lanzó una pelota a través de una ventana, rompió un vidrio y le pegó a un hombre en la cabeza. Hasta ese momento, la víctima del golpe había permanecido en la demencia, pero ahora estaba curado. El pelotazo como milagro: una alineación planetaria asombrosa que le devolvió la razón.
Esa pelota es Rayuela, de Julio Cortázar, un juguete sanador que pasa de mano en mano como panfleto libertario. A algunos les parece demasiado cliché de estudiante sentarse a hablar de esta obra, pero otros se sinceran y se suman al juego: uno lanza la piedra y el otro recorre los espacios cojeando sin llegar al cielo porque cada quien tiene una manera de ganar y rechaza la del otro. Así se habla sobre este libro, con hipótesis, con risa, con deleite, autoproclamación y timidez. Yo creo que… Tal vez quería… ¿Cómo se puede juntar tanta belleza? Estoy completamente seguro de que… No sé, me confunde.
Fue con Julio Cortázar que en Latinoamérica se aprendió a ver el mito de París como laberinto romántico de sexos dispersos y botellas de fermento. Gracias a Rayuela, mucha gente se fue a la Ciudad Luz, a perderse por sus calles a ver si se encontraba una maga, a desarrollar el viejo juego de meterse las manos en los bolsillos y caminar con frío a ver si ocurría algo y sin esperar nada.

El animal de los siete sabores que busca sobrevivir a la ignorancia en las aguas venezolanas

Una anciana cabruteña me dijo hace muchos años en Caicara del Orinoco que el manatí tiene la extraña cualidad de saber a carne de res, a pollo y a pescado, según la parte del cuerpo de la que se saque el tajo.
Las palabras de aquella mujer eran más de morbo que de hambre o pasión por la cocina, porque se sabe que los manatíes están desapareciendo en Venezuela y que nada que sepa a pollo, carne o pescado puede ser mejor que la misma carne, el mismo pollo o el mismo pescado.
En otra época, cuando quise dedicarme a la piscicultura y anduve por las costas menos conocidas del Orinoco buscando alevines de cachama, morocoto y coporo, una fuerza emergió del fondo de las aguas y golpeó el casco de la curiara en la que andaba haciéndola tambalearse. “¡Es un manatí!”, espetó el indio que nos guiaba a mi padre y a mí.

El encuentro se dio en un manglar tan silencioso que los tres a bordo pensamos en la muerte apenas nos empujaron la curiara desde abajo. Pero la pericia del indígena descifró el enigma en un segundo, sacó su carabina y empezó a apuntar hacia el agua con ganas de matar al manatí.

Borges, el más grande y punto, el escritor que no es cuestión de gustos

Menotti, que es todo un catedrático del fútbol, se la pasa diciendo que es mejor evitar la comparación Pelé-Maradona-Messi porque los tres fueron los mejores del tiempo que les tocó jugar y punto. Pero los fanáticos quieren una respuesta, y nada les evitará seguir sacando cuentas y viendo videos hasta tenerla.

En literatura la cosa es un poco diferente. Quien se ponga a preguntar por “el mejor escritor” escuchará irremediablemente que “todo es cuestión de gustos”, sentencia que mete en el mismo saco a la señora que escribió Harry Potter, a García Márquez y a algún japonés autor de haikus, como si escribir fuera cualquier vaina.
Pero aparte de representar palabras o ideas con letras, escribir es –decía Fernández Santos– proyectar mundos a la medida propia o –como pensaba Paul Auster– crear otra realidad.
Si partimos de esos dos últimos conceptos, advertimos que las invenciones sí se pueden juzgar hasta darnos el entretenimiento inútil de buscar al mejor escritor. ¿Cuál mundo está más completo? ¿Cuál realidad está mejor elaborada?

Hambruna o planificación: la tierra cultivable del planeta se acabará dentro de 60 años

En alguno de sus muchos textos moralistas, el escritor francés Nicolas Chamfort dividió la sociedad en dos grades clases: “La de los que tienen más comida que apetito y la de los que tienen más apetito que comida“.
Pero Chamfort escribió eso en el siglo XVIII, cuando los recursos eran muchos y el planeta lucía todavía inmenso en términos de acceso y comunicación. Antes de la llegada de la Revolución Industrial, se le tenía miedo a no saber qué ocurriría en el futuro; hoy es la certeza lo que nos aterra: estamos destruyendo el planeta.
Si la última sentencia le pareció trillada, es bueno que le preste atención a una nueva y un poco más precisa: dentro de 60 años se acabará la tierra cultivable del planeta.
Según hizo trascender la agencia Reuters, María Helena Semedo, representante de la Organización de Naciones Unidas para la Alimentación, dijo el viernes en un foro por el Día Mundial del Suelo que de hecho “ya se degradó un tercio de la tierra de labranza que teníamos disponible en el planeta“, y eso que para que se regeneren solo tres centímetros de suelo cultivable hay que esperar 1.000 años.

El bullying y la importancia de llamar a las cosas por su nombre

Esto es absolutamente verdad: una compañera de trabajo me dijo que fulana se había hecho “las lolas” y como en serio no entendí rectificó: “Los cocos”. Pero en ese momento yo estaba muy alejado del sentido común y ella agregó: “Las bubis”. Ahora sí que menos entendía. Ella resolvió agarrarse las tetas para explicarlo todo con una mímica clara como el agua, y yo por fin supe de qué me estaba hablando.
El afán por ser políticamente correctos nos hace olvidar palabras hermosas como “tetas” o elegantes como “senos”, y ese es un problema que afecta nuestra capacidad de comunicarnos. Claro, hay algo que los comunicólogos llaman el campo común de experiencia y por eso es válido usar modismos en ciertas circunstancias, válido pero a veces innecesario.
En todo caso, hay palabras que no existen y que necesitamos. Por ejemplo, quienes salieron de bachillerato antes de 2002 sabrán que la palabra bullying no estaba ni remotamente en el diccionario mental de los profesores venezolanos. Por eso, los docentes decían: “No se preocupe, es normal que los muchachos peleen”, cuando en realidad se trataba de un acoso físico, psicológico, recurrente y humillante hacia una minoría de estudiantes que la mayoría consideraba “diferentes” o “gallos”.

Luego de 13 años, la RAE acepta 5.000 nuevas palabras para reflejar el español de nuestros días

Si alguien hubiera quedado en coma en 2001 y despertara hoy, se encontraría con un mundo muy distinto al que dejó. Luego de convencerle de que en serio Venezuela quedó cuarta en una Copa América, España ganó un Mundial y un hombre negro es el presidente de Estados Unidos, habría que enseñarle a hablar.
Sí a hablar, porque actualmente ni siquiera nos expresamos con las mismas palabras que usábamos en 2001.
¿Qué es un tuit? ¿Por qué les dicen selfies a las fotos? ¿Por qué les urge tanto tener wifi? ¿¡Qué es wifi!? El hombre que había permanecido dormido tiene muchas preguntas. Menos mal que tal personaje es hipotético y que la Real Academia Española publicó este jueves su nuevo diccionario con unas cuantas incorporaciones.
Bueno, unas cuantas no, son 5.000 las nuevas palabras que recoge la XXIII edición del “Diccionario de la lengua española”, que ahora logra el récord de 93.111 entradas con un total de 196.439 acepciones de las cuales 19.000 surgieron en América Latina.

La primera vez que la Real Academia Española pudo compilar todas las palabras que consideraba válidas en una sola publicación fue en 1780, y la última precisamente en 2001. Lo que parece que ocurrió con esta edición de 2014 es que sus académicos entendieron que si omitían los cambios de los últimos 13 años, estarían condenándose a sí mismos a la desaparición.